Fernanda Sández

Están ahí. Aunque no los veamos, están ahí. Mejor dicho, tal vez estén todavía ahí justamente por eso: porque son invisibles. Porque ni siquiera sabemos que están. Sin embargo, nos acompañan cada día de nuestras vidas, desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir. Están en la yerba y en el té de la mañana. En el cultivo de la caña que termina después adentro de nuestra azucarera. Están en las frutas que comemos con el desayuno para sentirnos “saludables”, en ca-da verdura de la ensalada del mediodía y también en cada papilla que le damos a un bebé. En cada bocadito de verdura que les ofrecemos a sus hermanos mayores, pensando que les dará fuerza y energía. Y es verdad: muy probablemente se las den. Pero junto con ellas también vendrá —subrepticiamente— una carga química tan ignorada como potencialmente peligrosa, y de la que ni siquiera los organismos de control parecerían tener demasiado control.